calificación
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Véase ‘clasificación’ no es ‘calificación’.
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Véase ‘clasificación’ no es ‘calificación’.
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El término clasificación, no calificación, es el apropiado para referirse al logro de un puesto determinado para participar en una competición.
Sin embargo, en noticias aparecidas en los medios de comunicación referidas a pruebas de motor se están escribiendo ejemplos como «Está trabajando a fondo para mejorar el rendimiento del coche en la sesión de calificación en esta primera fase del Mundial» o «Los dos pilotos obtuvieron, respectivamente, los puestos segundo y tercero en la calificación de Malasia».
Incluso se encuentran textos en los que estos términos se utilizan indistintamente para referirse a lo mismo, como en «La lluvia caída en Melbourne convirtió en caótica la jornada [...] y se acabó aplazando la calificación para el Gran Premio de Australia; finalmente se anunció que la segunda y la tercera sesión (Q2 y Q3) de la clasificación, que ordenarán la formación de salida de la primera prueba del año…».
La confusión entre el significado de ambos términos quizá provenga del inglés qualifying —utilizado para referirse en pruebas de motor a las partes en las que se divide la fase de clasificación—, que se está traduciendo al español con el calco calificación, en lugar del apropiado clasificación.
En este sentido, es pertinente aquí recordar que el diccionario Merriam-Webster indica que el verbo inglés to qualify significa ‘cualificar’ y ‘calificar’, pero, como intransitivo y en deportes, solo ‘clasificarse’.
Por su parte, el Diccionario panhispánico de dudas explica que, en español, clasificarse es tanto obtener los resultados necesarios para participar o continuar en una competición como conseguir un puesto determinado en ella, que son los sentidos para los que se están utilizando inapropiadamente calificación y calificar, que no es sino‘valorar el grado de suficiencia o insuficiencia de alguien en un examen o prueba’.
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Ochomil (plural ochomiles), en una sola palabra, sin comillas ni cursiva, es la forma adecuada de escribir este término empleado en las informaciones sobre alpinistas especializados en escalar montañas de ocho mil metros de altura.
Sin embargo es frecuente encontrar esta palabra escrita de diversas maneras: «Carlos Pauner asciende el Everest y consigue los catorce “ochomiles”», «Egocheaga corona su decimotercer “ochomil”» o «Fernández, que ha ascendido seis ‘ocho miles’, no ha podido superar lo que en principio parecía un catarro…».
El Diccionario de la lengua española, en el avance de su vigésima tercera edición, recoge la grafía ochomil, por lo que en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir «Carlos Pauner asciende el Everest y consigue los catorce ochomiles», «Egocheaga corona su decimotercer ochomil» y «Fernández, que ha ascendido seis ochomiles, no ha podido superar lo que en principio parecía un catarro…».
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Afirmar que los sentimientos son mudables y que el amor puede devenir en odio o la animadversión tornarse simpatía tiene más de tópico que de hallazgo, más de lugar común que de excepcional. Sirve, sin embargo, para aceptar con naturalidad la evolución experimentada por nuestro ubicuo tiquitaca.
Si en los ochenta lo empleaban entrenadores como José María Maguregui o Javier Clemente para referirse con carga peyorativa a un juego de continuos pases sin profundidad, como de pachanguita de entrenamiento a lo ancho del campo, el locutor deportivo Andrés Montes lo popularizó décadas después para encomiar el juego desplegado por el Barcelona y la selección española, su estilo de pases precisos y continuos que permiten mantener la posesión del balón y generar espacios hasta crear oportunidades de gol.
Ocurre, en fin, que las palabras tienen vida y estas cosas pasan: el amor y el odio, el tiquitaca denostado y el tiquitaca que enamora. Lo peliagudo es cambiarle el nombre a la persona amada, escribir hoy tiquitaca y mañana tikitaka, apostar por tiqui-taca una jornada y por tiqui taca en otra, confundir perfumes.
Aunque los diccionarios no recogen este término, resulta oportuno unificar su grafía, tomar el modelo de casos similares y aplicar criterios coherentes: sucede entonces que la Academia escribe tictac cuando funciona como sustantivo, mientras que solo opta por tic-tac o tic, tac —con guion o coma entre medias— si lo que se desea es realzar la cualidad onomatopéyica, el sonido del reloj, el vibrar del tiempo.
Por tanto, si un equipo lleva la manija del partido y apuesta por este estilo, se recomienda escribir tiquitaca en una sola palabra, pues se trata de un sustantivo: «El Barça femenino también practica el tiquitaca» o «El tiquitaca es innegociable». Y sin kas, porque esta letra, de acuerdo con la Ortografía académica, conserva la fragancia de lo extranjero: kiosco, kilómetro, harakiri…
Con todo, muy pobre sería el encanto de este estilo futbolístico si solo acertara a inspirar un apelativo, de modo que quien así lo quiera, como todo cansa en demasía, también podrá escribir fútbol combinativo o asociativo, fútbol de triangulaciones, fútbol de pase, de toque…
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Mineros jubilosos en un yacimiento de hierro, dos cupletistas rimando versos, un pasillo en honor a los jugadores del Barcelona tras proclamarse campeones del torneo liguero… ¿Existe alguna relación entre estas tres imágenes?
La respuesta es sí. Y, para no escatimar datos, el término alirón. Confirmado el título azulgrana, los medios informativos están empleando acertadamente este sustantivo de génesis tan curiosa como incierta: «El Espanyol empata ante el Madrid y adelanta el alirón culé», se titula, «El Barcelona canta el alirón sin jugar». Adelante, pues, con los festejos; pero ¿de dónde procede esta palabra?
Según la teoría quizá más divertida (y divertir es entretener, pero también desviar), este vocablo nace en el siglo XIX cuando mineros británicos llegados a la costa vasca marcaban las vetas que solo contenían hierro escribiendo en ellas all iron (‘todo hierro’).
Comoquiera que tales hallazgos se recompensaban económicamente, la expresión se asoció a lo festivo y a partir de ahí, si la teoría es cierta, el don de lenguas y la pronunciación fidelísima hicieron el resto: ¿all iron en inglés?, ¡a la española alirón!
En un ambiente más farandulero, también se cuenta que la cupletista Teresita Zazá modificó una copla de Marietina y de un primer «¡Alirón, alirón!, ¡pon, pon, pon!» se pasó a «¡Alirón!, ¡alirón!, ¡el Athletic, campeón!». La rima caló y, desde entonces, cada vez que un equipo gana un torneo pone su nombre al estribillo y el aficionado lo corea ebrio de entusiasmo.
Por su parte, la Academia no incluye alirón en su Diccionario de la lengua española hasta su actual vigesimosegunda edición. La docta institución, alejándose por completo de estas teorías, la hace remitir al arabismo al’il‘lān (‘proclamación’), en consonancia con lo que ya indicaba Federico Corriente en la entrada lailan de su Diccionario de arabismos y voces afines en iberorromance.
¿Cuál es la verdad? Sin duda, la única verdad impepinable es que el Barcelona puede entonar el alirón como campeón liguero.
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Las expresiones fase final y final entre cuatro —mejor que final a cuatro— son alternativas para aludir en español al acontecimiento deportivo que reúne las semifinales y la final de una competición y al que los medios suelen referirse como final four.
Con motivo de la disputa en Londres de las semifinales y la final de la Euroliga de baloncesto, es frecuente encontrar en los medios frases como «Hawai, Abriles y Todorovic, listos para debutar en una final four» o «Barcelona y Real Madrid afrontan la Final Four con mucho optimismo».
En esos casos habría sido posible escribir «Hawai, Abriles y Todorovic, listos para debutar en una fase final» o «Barcelona y Real Madrid afrontan la final entre cuatro con mucho optimismo».
Si se opta por el término inglés, lo adecuado es escribirlo en redonda y con iniciales mayúsculas cuando se hace referencia al nombre propio del acontecimiento («Todo preparado en Londres para la Final Four 2013»), y en minúscula y cursiva cuando se emplea como nombre común («Un Madrid dominante se gana el pase a su cuarta final four»).
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Las palabras son células de significado y, si se acerca el verbo jugar a un microscopio, enseguida se aprecia que este organismo riquísimo que es la lengua española está bien vivo y va experimentando mutaciones.
Sin duda, jugar da mucho juego y podríamos hablar extensamente de sus múltiples usos y acepciones, pero en esta ocasión nos centraremos en el sustantivo derivado jugón, joya lingüística habitual en los medios informativos: «El Atlético puso en el terreno de juego a los jugones» o «Incomprensible mansedumbre para una alineación repleta de jugones».
La intención del periodista en estos casos era destacar la categoría de estos jugadores, pero ¿realmente lo ha conseguido?, ¿o podría estar descalificándolos sin pretenderlo?
Conviene saber que, si bien es cierto que el sufijo –ón añadido a un sustantivo lo mismo puede ensalzar que desprestigiar (notición y memorión, pero barrigón y patadón), cuando se combina con verbos, según señala la Gramática, aporta siempre un sentido peyorativo: de chupar, chupón; de preguntar, preguntón; de mirar, mirón…
Así pues, con arreglo a la norma gramatical, jugón no sería quien juega
estupendamente, sino más bien quien lo hace de manera mediocre. Como puede verse, la lengua es sensible a los matices y, queriendo alabar sobre el papel, basta descuidarse un poco para hacer un papelón.
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La expresión ojo de halcón (del inglés hawk-eye), que hace referencia al ‘sistema informático que se aplica en algunos deportes para determinar la trayectoria de una pelota y el punto exacto en el que toma contacto con el suelo’, se escribe con minúsculas y sin cursivas ni comillas.
Sin embargo, en los medios informativos se observa vacilación respecto al modo de escribirlo: «David Ferrer para el partido con 6-5 y 30-40 a favor para pedir el ‘ojo de halcón’», «Berdych pide la revisión, pero el ojo de halcón corrobora que la pelota tocó la línea» o «El “Ojo de Halcón” llega a la liga inglesa».
Ojo de halcón sigue el modelo de compuestos como, por ejemplo, ojo de buey, que se recoge en el Diccionario académico, y se halla plenamente consolidada por el uso como locución nominal (con forma fija y significado unitario pese a escribirse en palabras separadas), por lo que lo apropiado es escribirla sin ningún tipo de resalte y, al no ser un nombre propio, en minúsculas.
Así pues, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido optar por «David Ferrer para el partido con 6-5 y 30-40 a favor para pedir el ojo de halcón», «Berdych pide la revisión, pero el ojo de halcón corrobora que la pelota tocó la línea» y «El ojo de halcón llega a la liga inglesa».